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Ser Empresario lectura obligada

En 1975 el jefe de personal del fabricante de videojuegos Atari llamó al despacho del presidente, Al Alcorn. “Tengo en la puerta a un hippie que dice que quiere trabajar aquí, ¿llamo a la Policía?”, le preguntó. Alcorn se quedó intrigado por el desparpajo del demandante de empleo y decidió contratarle. Lo tuvo en la empresa un año y medio, exactamente el tiempo que el joven hippie consideró suficiente. Porque él no quería tener jefes, porque quería jugársela y, sobre todo, porque tenía una idea.
Así que se despidió y convenció a un muchacho retraído y apasionado por las matemáticas para que dejase su puesto de trabajo en la sección de calculadoras de Hewllet Packard y le ayudase a desarrollar su idea. Vendieron su furgoneta Wolkswagen y, con lo que sacaron, se instalaron en el 2066 de Crist Drive Street de Los Altos, California. El hippie desaliñado se llamaba Steve Jobs; su socio, Steve Wozniak, y la empresa que fundaron, Apple. El lugar donde empezaron a trabajar no era una oficina soleada, sino un garaje. El resto de la historia ya la conocen.
Todavía hoy el 2066 de Crist Drive Street de Los Altos, California, continúa siendo un símbolo: el del emprendedor, el de quien no tiene miedo, se la juega y se hace rico, inmensamente rico, cuando aún no le ha desaparecido el acné de la cara.

Wozniak y Jobs fundaron sin querer la Garage Culture, un mito instalado en el imaginario empresarial estadounidense que ha arrastrado desde entonces a buena parte del talento del país hacia una misma zona –Silicon Valley- y que tuvo su reedición más exitosa en 1996. En esa ocasión no fue un garaje, sino la habitación de un amigo desde la que los veinteañeros Mick Page y Sergei Rinin, montaron Google, que en menos de un lustro les había proporcionado un patrimonio de 19 millones de dólares.
El mito del garaje mutó hace décadas en fenómeno global y se contagió por todo el planeta adaptándose a las peculiaridades de cada país. En España, la cultura del trabajo seguro y para toda la vida de los industriosos 70 se fue transformando en el anhelo del éxito personal y, en el clímax de la expansión económica de los 90, en cierta querencia por el riesgo y el beneficio rápido.
Según el Banco de España, en 2007 había en el país 4,2 millones de empresas. El número es sorprendente para un territorio con una población activa que acababa de alcanzar los 20 millones de trabajadores. El ajuste llegó con el estallido de la crisis financiera internacional. En 2010, habían desaparecido 1,2 millones. De ellas, 602.000 correspondían a arrojados llaneros solitarios de la empresa, que se perdieron en el marasmo de la falta de crédito, la contracción de la demanda y, en muchos casos, las deficiencias de su proyecto, aunque sus ideas fueran buenas. Detrás de ese guarismo de seis dígitos se esconde un reguero de deudas enquistadas, despidos traumáticos, destrozos patrimoniales y, lo peor de todo, daños colaterales en el ámbito personal.
La bajada de la marea económica está dejando a la vista los cascotes del esfuerzo de muchos valientes, pero también un amplio solar sobre el que edificar nuevos proyectos, sobre el que plantar las ideas, jugárselo todo, pedir ayuda a los que te rodean, aliñarlo con esfuerzo y hacerse rico. ¿O no?

26 de octubre del 2010

El mundo.es

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